Vacaciones para conocer a Jesús

(Tiempo estimado: 2 - 4 minutos)

Una tarde, de regreso a mi casa, me encontré con un papá de nuestra comunidad de fe paseando en la calle con su hijita de casi dos años. Ya solo el espectáculo era tierno: papá e hija disfrutando del clima perfecto de la tarde y de una hora donde no había muchos carros para practicar con su mini-scooter. Paré a saludar y vi una sonrisa dulce y una paz preciosa en la carita que me regresó el saludo. De inmediato pensé, “Bien hecho, papá. Estás sacando de tu valioso tiempo para hacer sentir a tu hija segura, amada, valiosa, especial. No hay nada mejor que le puedas dar a tu niña.” Esa pequeñita debe haber sentido a su papá enorme al lado de ella, y cualquier dificultad que presentara el reto de aprender a andar en scooter sería alcanzable, porque los brazos fuertes de papá estaban listos para sostenerla si fuera necesario. Una hermosa tarde, una calle sola, un buen reto para la chiquitilla, pero, sobre todo, un papá dispuesto a compartir tiempo con su hija.

Recordé entonces cuántas veces disfrutamos compartir tiempo con nuestros chicos cuando crecían. Hubo épocas en que no había mucho dinero como para planear unas vacaciones costosas, así que unos sándwiches de lo que hubiera en la refri, un par de botas de hule para cada miembro de la familia y la ilusión de ir a buscar un río donde meternos, eran suficiente aventura para pasar un buen tiempo en familia. Podíamos pasar horas conversando acerca de lo que ofrecía el espectáculo de la naturaleza.

El cansancio de las caminatas nos permitía compartir las cargas (literales y emocionales) sacar frustraciones, animarnos a finalizar cuando ya sentíamos que las fuerzas se agotaban, felicitarnos mutuamente al llegar a la meta para finalmente saborear lo que habíamos logrado empacar, que, para ese momento, se sentía como un banquete.

La sensación del agua fresca del río o de acostarse en el zacate quedaría fija en nuestras mentes. Luego, todas esas imágenes cobraban vida de nuevo al leer pasajes como el Salmo 23:

“El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas… Dispones ante mí un banquete…”

Hace unos días me compartieron la foto de otra niña haciendo cup cakes con su mamá. Estaban preparándose para irlos a repartir a los niños de Barrio San Francisco. Una vez más pensé en todo lo que la pequeñita estaba aprendiendo al lado de mamá y en medio de un “desastre” en la cocina. No solo que es muy amada por su mamá, sino que desde ya puede compartir el amor de Cristo con otros niños. Qué buena enseñanza.

Esas imágenes mentales me pusieron a pensar en la manera en que Jesús enseñaba. Su salón de clase y sus materiales de enseñanza no tenían límites. Enseñó en la montaña, desde una barca, en una casa, junto a un pozo, frente a una tumba y hasta clavado en una cruz. Para enseñar usó el agua, el pan, el vino, una moneda en la boca de un pez, una higuera, una semilla de mostaza, las aves del cielo y todo cuanto creó. Al calmar la tormenta enseñó que es soberano sobre la creación; al alimentar a una multitud con el almuerzo de un niño enseñó su abundante generosidad; al hacer barro con su saliva para sanar a un ciego mostró el buen humor de Dios y las maneras creativas en que Su poder se puede manifestar. Tuvo toda clase de alumnos y a todos los amó hasta la muerte. De ellos, a los que le recibieron y creyeron en su nombre, los adoptó como hijos (Juan 1: 12) Creador, Maestro, Salvador y Padre.

Aunque nosotros no podemos ser todo eso para nuestros hijos, sí podemos seguir el ejemplo de Jesús y usar todo lo que Él nos pone a nuestro alcance para conocer al Dios vivo y presente que quiere ser su Salvador también. Todos queremos darles lo mejor y no hay nada mejor que la vida eterna que solo Cristo puede otorgar (Juan 17:3)

En estas vacaciones, tomemos tiempo con nuestros chicos para salir al jardín, caminar en la playa, o admirar los celajes que pinta nuestro maravilloso Dios. Dentro o fuera de casa aprovechemos para juntos, conocer más a Jesús y, además, crear vínculos de amor con nuestros hijos. ¡Felices vacaciones! 


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