Lea la Biblia con sus hijos ¡pero mucho!

(Tiempo estimado: 3 - 6 minutos)

 -“¿Podes orar para que me pueda dormir en la noche?”- Era el inicio de nuestra celebración en Tesoros y antes de dar gracias, preguntamos si alguien tiene pedidos especiales para Jesús. Es común que los niños pidan por sus padres, por sus abuelos, por sus mascotas o porque están enfermitos. Pero esta fue la primera vez que uno de los niños pedía para poder conciliar el sueño. Realmente estaba abriendo su corazón y mostrando lo que ni siquiera a los adultos nos gusta que otros vean: nuestros temores.

Este chico de 5 o 6 añitos venía con una necesidad real y su carita lo demostraba. Le pedí a todos los niños que extendieran su mano hacia él y oramos juntos. Todos se voltearon y repetimos una oración sencilla pero clara -al punto-, así como hablan los niños. Al terminar le pregunté a los chicos qué podríamos decirle a nuestro amigo para que pudiera dormir tranquilo. Otro niño de 5 años levantó su manita, y antes de que yo le diera permiso para hablar, se volteó y, con vehemencia, dio su sugerencia: “Lea la Biblia, ¡pero mucho!” Entre los dos niños comenzó una conversación como si todos los demás que estábamos ahí hubiéramos desaparecido: “¡Pero es que yo todavía no sé leer muy bien!”– respondió el primero. “Entonces dígales a sus papás que le lean” e insistió, “¡pero mucho!”. Esta vez el niño que sentía temor en la noche me miró como suplicante y me dijo, “¿Podrías hablar con mi mamá al final para que le digas?”.

Más tarde su mamá me aseguró que atendería la sugerencia del otro amiguito. Unos días más tarde le escribí para saber cómo estaba durmiendo su hijo y me respondió que ahora, además de leer la Biblia, papá, mamá e hijo oraban juntos y les estaba ayudando a los tres. Definitivamente, Dios usa todas las cosas para nuestro bien.

Ese episodio me ha hecho pensar una vez más en la necesidad de cultivar el hábito de leer la Biblia en familia, sobre todo cuando los chicos están pequeños. Por supuesto que todos los padres queremos que nuestros hijos crezcan con buenos valores cristianos y desarrollen una relación personal con Dios. Esa es la razón por la que existe Tesoros Escondidos; sin embargo, el consejo mismo de la Biblia es que la relación con Dios debe modelarse y enseñarse primeramente en el hogar, y que son los padres -y no la iglesia- los llamados a cumplir con ello. La iglesia está para colaborar con lo que ya sucede en casa.

¿Cómo lo hago?
Deuteronomio 6:7-9 nos da instrucciones de cómo hacerlo: 6 Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. 7 Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. 8 Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; 9 escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades. 

Este pasaje sigue siendo relevante hoy día. Cuando estemos en casa, mientras vamos en el carro de camino a la escuela o a un paseo, justo antes de acostarse, durante el desayuno. ¡Dibujando, cantando, haciendo pulseras y coronas, decorando la casa con tus hijos, usando la Palabra de Dios! No solo estarás pasando un tiempo de calidad con tus hijos, sino que también estarás grabándote -junto con ellos- las únicas Palabras que dan vida eterna (Juan 6: 68). 

Siempre me sorprendo cuando los padres me dicen que no creen que sus hijos entiendan lo que dice la Biblia. En el manual Ayudando a los niños a entender el evangelio (Children Desiring God) Jill Nelson, autora de libros cristianos para niños y sus padres, explica que podemos aprovechar las diferentes etapas de crecimiento de nuestros hijos para abonar su fe. Nelson explica que, desde el nacimiento hasta los 5 o 6 años están en la etapa de recolección de información, absorbiendo todo como esponjitas a través de sus sentidos y emociones. Es la etapa en la que podemos leerles la misma historia 100 veces y jugar con ella, y no se van a cansar de repetirla. Más o menos a los 4 años entra el gusanillo de la curiosidad y los ¿por qué? y ¿cómo? de los niños se convierten en un reto para papá y mamá. Sin embargo, esa curiosidad podrían ser el instrumento de Dios para que los pequeños comiencen a investigar y a crecer en su propia fe. Los valores empiezan a formarse en esta etapa y, personalmente creo, que los padres deberían preguntar también por qué y cómo para decidir si hay algo de su propia experiencia familiar que quisieran repetir o si hay dinámicas familiares que deben corregir a la luz de la Palabra. 

Entre los 7 y los 12 años los chicos comienzan a entender que el evangelio tiene implicaciones personales, reconociendo que hay una batalla interna por escoger el bien o el mal. Esa batalla espiritual es totalmente necesaria y no debemos evitárselas. Conocer la Palabra de Dios les ayudará a los niños a formularse las preguntas correctas para formar su identidad y en algún momento, decidir por ellos mismos si quieren seguir a Jesús. 

Todo momento es bueno para comenzar a leer la Biblia con los niños. Sé que mi amiguito de 5 años que sugirió la lectura de la Biblia en la noche había leído con sus papás las historias de David y Goliat, de Daniel en el foso de los leones, de Jesús en la cruz o de las mujeres frente a la tumba vacía. Ya él entendía que lo que su compañero necesitaba para deshacerse del miedo era escuchar las historias que le traerían confianza en Dios. Pero además entendía que sus padres eran el primer lugar donde debería recurrir para conocer el libro de Dios. 

Que podamos sentirnos tan claros y motivados para leer la Biblia con nuestros niños como él. Que como el salmista podamos declarar: “No esconderemos (tus palabras)… hablaremos a la generación venidera del poder del Señor; de sus proezas, y de las maravillas que ha realizado” Salmos 78: 4 (NVI)


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