Caminando sobre Tierra Santa

(Tiempo estimado: 3 - 5 minutos)

Hace unos días escuché un concierto del cantante cristiano Jesús Adrián Romero. Por lo general, él comienza sus canciones con una explicación y me llamó la atención los pasajes a los que hizo referencia y que fueron la inspiración de la canción que escribió acerca del nacimiento de sus hijos. La canción se llama “No me daba cuenta”. Aunque la había escuchado antes, nunca había relacionado esos pasajes con la crianza de mis hijos, y las palabras de la canción me llegaron más profundo cuando en mi mente visualicé las imágenes de ambas escenas. Romero menciona Éxodo 3, que es el relato de cuando Moisés se encuentra con el Señor en medio de una zarza ardiente, y Génesis 28: 10 en adelante, que es justo antes de esa historia de Moisés, cuando Jacob sueña con una escalera que llega al cielo por donde ángeles suben y bajan. Jacob declara “en realidad el Señor está en este lugar y no me había dado cuenta” (v. 16). Aunque Moisés no lo dice con las mismas palabras, su reacción es igual, se sorprende ante la evidente presencia de Dios de la que no se había percatado.

Busqué los pasajes y lo primero que noté es que Dios se les presenta a ambos como el Dios de sus antepasados, recordándome que a Él no se le escapa nuestra historia familiar. De hecho, los patriarcas que menciona -Abraham, Isaac y Jacob- estaban lejos de ser personas perfectas; sin embargo, a pesar de sus enormes defectos, fueron usados por Dios para llevar a cabo Sus propósitos divinos. Eso me dio mucho ánimo, porque mis hijos no han tenido tampoco padres o abuelos perfectos. Por otro lado, noté que la primera instrucción del Señor al asombrado Moisés es que se quitara las sandalias porque estaba pisando tierra santa. Eso me llevó a pensar en las cosas de las que he tenido que despojarme para poder ser una mamá que anime a mis hijos a buscar esa sorprendente presencia de Dios; por ejemplo, despojarme del perfeccionismo. Ilusamente, al querer ser la mamá perfecta, pretendía que mis hijos también fueran perfectos. No tengo que explicarles la carga emocional que eso significaba para mí y por supuesto, para mis hijos. El día que uno de ellos llegó llorando de la escuela, pidiéndome perdón porque se había sacado una mala nota en un quiz, lo entendí. Sus palabras atravesaron mi corazón: “mami, me siento avergonzado de mí mismo, perdón por hacerte esto”. Conociendo el esfuerzo que él hacía en sus estudios, pensé de inmediato “¿Qué le estoy haciendo a mi hijo?”. Ese día le pedí perdón por haberle hecho entender cosas que lo llevarían a tener una mala imagen de sí mismo. No tenía que ser perfecto para que yo me sintiera orgullosa de él. La verdad es que, no ser el primero o perder, es a veces la lección más valiosa. Le pedí al Señor que me mostrara de qué maneras estaba insinuándole a mis hijos que para merecer ser amados o aceptados tenían que ser siempre los mejores. Dios, que es bueno y lleno de paciencia, me sigue enseñando cada día las áreas en que tengo de descalzarme de nuevo para estar en una comunión más íntima con mi Hacedor y así transmitirles ánimo y no desaliento.

El coro de la canción dice “cuando los tomé en mis brazos el día en que nacieron, pisaba tierra santa; mis hijos me llevaban sin saber hasta la zarza ardiendo… Era Tu presencia lo que sentía, ángeles bajaban, ángeles subían…”

Recordé en cuantas ocasiones he ido a la presencia de Dios, ya sea en agradecimiento, o por mi temor ante las situaciones difíciles que mis hijos están enfrentando y que yo, como mamá, quisiera evitarles. Cuántas veces mientras dormían entraba a su cuarto a orar para reclamar una herencia diferente a la que nuestras debilidades otorgaban, como lo dice 1 Pedro 1:3-4. Tierra santa, cita divina, en la que podía esperar que mi oración subiera hasta el trono de la gracia y que la respuesta de Dios bajara en su debido tiempo. También recordé la conversación que tuve hace mucho con una mamá desesperada que me confesó que lo único positivo que podía rescatar del mal comportamiento de sus hijas era que constantemente la llevaban a ponerse de rodillas. Muchas veces más, usando la voz de un hijo o una hija, el Señor nos invitará a llegar a su presencia, y porque nos ama, nos señalará algo de lo que debemos despojarnos para ser instrumentos de inspiración para nuestros chicos. Los “míos” ya están grandes y creo que nunca voy a dejar de pisar tierra santa por ellos. Señor, qué privilegio y qué responsabilidad al entregarnos a nuestros hijos. Solo en tu presencia podemos recibir las herramientas para animarlos a seguirte. Que así sea.


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